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El proyecto se emplaza en Castellet, un pequeño núcleo urbano perteneciente a Castellet i la Gornal de apenas 200 habitantes en el corazón del Penedés y colindante al pantano del Foix.

Las líneas de este paisaje, con su ritmo paralelo, parecen repetirse hasta el infinito, y al mismo tiempo asumen constantes variaciones a medida que se acercan y rodean los edificios agrícolas y los árboles.

El proyecto reconoce la condición de periferia de este lugar y construye una transición, un paisaje intermedio, un espacio intersticial que conecta el pueblo con la naturaleza.

La construcción, basada en la orientación y las vistas, es el parámetro principal del desarrollo de la propuesta. Buscar la buena orientación, como la busca el pueblo siguiendo el ritmo de la montaña. Generando un nuevo inicio y final del pueblo, siendo el castillo el otro.

Acotar el ámbito con el camino, que a la vez éste sea el edificio convirtiendo la cubierta en la verdadera fachada, situándolo por debajo del nivel de la carretera, para no interferir en las visuales de peatones y conductores sobre el pantano y los viñedos.

No se busca una construcción en el paisaje, sino construir con el paisaje, manipulándolo como un elemento más para organizar y dar forma a la propuesta.

El proyecto busca definir una secuencia de sensaciones. Una boca que te traga y te lleva a sus entrañas, en las cuales geometría, estructura y construcción son equivalentes.

Este proyecto no pretende ser un icono turístico, ni un hotel de cinco estrellas. Se busca un motor que active la zona desde varios frentes. Para ello, se quiere implicar no sólo a la Bodega, sino también al municipio, proponiendo un espacio que sirva de “maridaje” entre una experiencia cultural para los habitantes de la región, una experiencia gastronómica para los visitantes ocasionales y que brinde oportunidades a jóvenes restauradores. Todo ello alrededor del vino. En definitiva, un catalizador.